Filosofía de la movilidad: «AMENazar»

Pontificado en mi bienvenida… no sé si reír o llorar. Delante de un teclado las periferias gimen sus problemas. ¿En sus pantallas? Las élites carcajean. (In)justicia (in)finita. Intento armonizar la legalidad con mi idea de humanidad. Sin embargo, sigo empleando una cuchara de palo en esta cacharrería de metal.

La mendicidad se hace omnipresente entre jóvenes masculinos musulmanes que tan solo visten un smartphone. Ellos siguen pensando que si cierran el ano herméticamente no podrá entrar nada. No son conscientes de que tampoco lo dejarás salir. Al final, toda esa cantidad de mierda acumulada terminará por pudrir en su interior. ¿Se verán después obligados a descubrir de forma urgente lo que decidieron bloquear? ¡Demasiado tarde! tanto para salir [el excremento] como para entrar [la medicina].

Sigo pensando que hacen falta agallas para (de)tener esta locura demente. La presencia de “exóticas” refugiadas, herederas urbanas del proletariado marxista, son competidoras despiadadas en su (a)ventura por la supervivencia. Estoy cansado de ver a esos “intelectuales” venidos a menos disparar poemas empalagosos. Menos sermones, patrones… la trata de blancas es una realidad. Fehaciente verdad.

El problema es negro de cuero vivo. ¿El trabajador ilegal no vota? Esclavitud. La retórica es la base de esta miserable subasta en la que estamos dispuestos a ser explotados: ¡Más, más! Como el gemido de la orgásmica “amiga” encontrada a las 6 ante meridiem.

La humanidad es la historia de los explotados contada por sus conciudadanos explotadores. Todos estamos dispuestos a aceptar estas (dis)posiciones que convergen, una y otra vez. ¡Despotricar en el bar sigue siendo el deporte nacional! Los guetos en las áreas suburbanas brutalizan sus discursos glocales de diáspora. ¿Estamos todos ali(me)neados contra la explotación institucionalizada? Aquellos que ni siquiera son reconocidos como un ser vivo. Lo poco que tengo claro es que las máquinas metálicas de futuro son fabricadas con carne y hueso de presente. Devastadora sustantividad. Cuando interesa, la laxitud institucional es del tamaño del coño de potra vieja. ¿Hará buen caldo?

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