CULTURA PERIODÍSTICA DE CUBA

La Cultura Periodística de Cuba a debate

Introducción

Desde los años 70 del siglo pasado se están escuchando los reclamos y las llamadas por cambiar el orden vigente en la comunicación a nivel global. Sin embargo, es en estas dos últimas décadas cuando han aparecido fuerzas renovadas en América Latina a favor de la democratización de la comunicación. Desde los movimientos sociales, cada vez más descentralizados, y los Gobiernos progresistas, se han propuesto, y se han aprobado, políticas públicas y legislaciones basadas en el desarrollo del derecho a la comunicación y al acceso a la información[1]. Esta tendencia tiene el propósito de evitar/eliminar/equilibrar la subordinación del derecho de acceso, de participación, de expresión y de comunicación a los poderes interesados, constitucionales -políticos- y fácticos -económicos, mediáticos, ideológicos, etcétera-.

Las políticas y legislaciones que a nivel macro se ocupan de todos los asuntos que quedan englobados bajo el paraguas de la “comunicación”, a nivel micro se enfocan en la profesión periodística y tratan de poner límites a los monopolios económicos mediáticos, fortalecer los medios públicos, reconocer, legitimar y apoyar a los medios comunitarios, introducir la transparencia comunicacional de las instituciones públicas, consolidar la pluralidad mediática y garantizar la presencia y el acceso ciudadano al control del sistema mediático.

Esta visión integral de la comunicación nos remite al concepto de experiencia -que forma parte de la veta culturalista de los cultural studies– que se refiere a cómo son vividas las relaciones y los conflictos sociales y dónde y cómo la gente experimenta sus condiciones de vida, las define y responde a ellas. En el caso de los estudios culturales en América Latina que privilegian la mirada hacia la comunicación, Gámez (2005) indica que el aporte más significativo del “paradigma cultural latinoamericano” es el de pensar la comunicación en clave cultural; línea subrayada por Martín-Barbero (1984), quien indica la necesidad de cambiar el concepto de comunicación por el de cultura, pues para entender la comunicación y su sentido dentro del imaginario popular debe entenderse desde su cultura y su hacer cotidiano.

El mapa conceptual de la comunicación propuesto en este capítulo se explica a partir de la noción de cultura no solo desde su naturaleza antropológica, sino como mediadora en la producción y el intercambio simbólico en la sociedad cubana, lo que favorece la posibilidad de comprender tanto los procesos comunicativos como los culturales. Así que, siguiendo a Hall (1994), más que una simple descripción de las costumbres y hábitos de un grupo social -en este caso, los periodistas en Cuba-, se trata de analizar cómo la cultura está imbricada en las prácticas sociales y profesionales, más allá de la suma de sus interrelaciones.

La propiedad estatal y social de los medios de comunicación no resulta criterio suficiente para garantizar el ejercicio pleno y libre de los preceptos, normas, disposiciones y derechos relativos a la comunicación y a la información. Se requieren políticas públicas, legislaciones y modos organizativos que ofrezcan mayor poder a la ciudadanía en general y a los profesionales en particular, en tanto sea posible minimizar la influencia de las fuerzas que limitan desde el exterior el derecho a la autodeterminación del país (Vidal, 2015; Olivera, 2017; Olivera y Rodríguez-Brito, 2017).

En Cuba ha sido documentado y debatido con anterioridad (Garcés, 2013; Elizalde, 2014) que para responder de manera eficiente a las demandas sociales, económicas y culturales del país y sus ciudadanos, se hace necesario transformar las políticas informativas, dado que estas (re)producen modelos restrictivos e instrumentales del papel de la comunicación y el periodismo, anclados en el modelo soviético de medios[2], cuya inviabilidad ha sido empíricamente constatada (García Luis, 2013; Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

El periodismo no es un discurso monopólico

La ideología es la representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia (Althusser, 2010 [1968]) y, a su vez, es el vínculo entre los hombres y su mundo (Grandi, 1995). En este punto, es posible relacionar la cultura, como forma de vida, con la ideología, como “forma de conciencia” (Marx y Engels, 1959 [1845 y 1846]). Dicho de forma más precisa, la ideología se manifiesta conforme a la cultura con la que se encuentra vinculada.

Las ideologías profesionales en el periodismo están contenidas dentro de las culturas profesionales y están asociadas directamente a las prácticas -institucionales, individuales y colectivas- y a las organizaciones -informativas y comunicacionales-, cuya función se relaciona directamente con la gestión y la reproducción del propio gremio periodístico, las asociaciones profesionales y las instituciones educativas (Estrada, 1996; Hernández, 2011). Con base en estas premisas, en una sociedad como la actual, caracterizada por la mediatización, la mediación y la interconectividad, la construcción ideológico-cultural de los medios, la confianza y el empoderamiento de los públicos en su nexo con el periodismo, son asuntos capitales. Los periodistas, en su relación con los ciudadanos, están obligados a rebatir e, incluso, impugnar, las aseveraciones relativas a las interrelaciones del significado y del poder.

En Cuba se hacen presentes tales contradicciones dentro del camino hacia la actualización -remodelación, adaptación, reestructuración, etc.- de su modelo político, económico, social y mediático socialista. La “exclusividad” del régimen de propiedad de los medios de comunicación, no garantiza su credibilidad entre los distintos sectores y grupos ciudadanos, o lo que es lo mismo, no garantiza la exclusividad del discurso social ni de sus marcos interpretativos.

García Luis[3] (2012) afirmó que hay monopolios sobre el discurso mediático que forman parte de una grotesca tiranía con diferentes escalas locales, regionales y mundial, pero que subsisten gracias a su aparente porosidad, capacidad para mimetizarse y fingida independencia del poder. Sin embargo, en la actualidad existen escasas posibilidades, o al menos enormes dificultades, de ejercer algún tipo de monopolio sobre el discurso mediático debido al grado de exposición pública al, cada vez mayor, volumen de información. Tal circunstancia, requiere que el discurso se legitime a sí mismo ante la opinión pública. La pretensión más difícil, y quizás ilusoria, es el planteamiento monopolístico basado en el hermetismo, ya que la autoafirmación y legitimación profesional pasa por el redimensionamiento de la función social del periodismo y por la generación de una identidad profesional propia de sus hacedores, los periodistas.

Institución y discurso, necesidad de una renovación crítica

El periodismo y el gremio profesional de los periodistas ha seguido en los sesenta años de Revolución cubana una ruta crítica, irregular y con múltiples avances y retrocesos marcada por: las diversas estrategias de formación de pregrado[4] y postgrado[5] en las cuales ha predominado la reorientación profesional; las múltiples ampliaciones y las constricciones del sistema de medios y, por ende, del mercado laboral[6]; las constantes contradicciones en cuanto al diseño e implementación de políticas en el orden informativo y organizativo en la actividad propia de la prensa[7]; las permanentes agresiones al sistema político-social del país por parte de los monopolios mediáticos internacionales en el marco del conflicto EEUU-Cuba[8]; el paulatino, aunque lento, desarrollo tecnológico (televisión a color y satelital, automatización de procesos, internet, etc.); las difíciles coyunturas políticas y económicas (ataque a Playa Girón, Crisis de Octubre, fracaso de la Zafra del 70, derrumbe del Campo Socialista, caída de las Torres Gemelas, crisis Financiera y económica Internacional) y los puntuales momentos de rediseño estratégico de las políticas del país[9] (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

Si bien es cierto que estos acontecimientos han condicionado la “institucionalidad” del periodismo cubano, de igual modo es cierto que la crisis del discurso de los medios de comunicación demanda la superación del modelo propagandístico y tautológico actual, tanto en la forma como en el formato de los contenidos, las estructuras y las estrategias (Garcías Luis, 2013; Olivera y Torres, 2017).

El carácter integral de la crisis institucional y discursiva que sufre la profesión nos obliga a realizar un trabajo de auditoría de la cultura periodística de Cuba capaz de integrar la diversidad de prácticas, orientaciones, actitudes y desempeños profesionales de los periodistas en dependencia del contexto actual. Un conjunto de circunstancias muy novedosas que rodean y están condicionando los juicios y las ideas gremiales de los profesionales, las cuales se acentúan dada las influencias favorecidas por la penetración de las TIC y la generación de un nuevo ecosistema digital, que están actuando como facilitadores de la propagación y la consolidación del fenómeno globalizador (Recio, 2013; Elizalde, 2014).

Este proceso de “visibilización de lo externo” que se viene produciendo al interior del país requiere de una conceptualización y definición de las nuevas facetas y vertientes profesionales que están surgiendo como parte de prácticas periodística que se distancian, o abandonan, en cierta medida, de los principios instituidos del periodismo en el país. Independientemente del reconocimiento o no de esta realidad por diferentes actores del sistema social, la identidad del periodismo y su capacidad contributiva para la sociedad cubana está siendo rearticulada a partir de perspectivas profesionales más diversas, integradoras y dispares; las cuales, sin embargo, en lugar de contraponerse, en muchos casos refuerzan principios constitutivos del proceso político de la Revolución Cubana.

El periodismo como institución en Cuba -y los organismos y subestructuras que lo modelan y constituyen- comienza a redefinirse a partir de un universo interconectado proporcionado fundamentalmente por el ciberespacio y las posibilidades que ofrece Internet, en el que los actores y sistemas que lo componen se relacionan de forma dinámica, en todas las direcciones (dentro/dentro; dentro/fuera; fuera/dentro; fuera/fuera) y bajo mecanismos oficiales y oficiosos, generando un discurso que articula las posiciones específicas de cada una de las partes que lo institucionalizan (Díaz, 2014; Elizalde, 2014; Olivera, 2017; Arencibia, 2017).

La academia homologa, pero no hace el periodismo

Desde la fundación en 1942 de la primera Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling[10] en La Habana, el proceso de legitimación de la profesión periodística se ha asentado y apoyado en las instituciones educativo/formativas técnica, superiores y universitarias que han ido surgiendo en el país caribeño. A pesar de ello, la academia aún asume el lastre de no haberse establecido profesional, social y legislativamente como fase ineluctable en el proceso de capacitación integral de los periodistas. Como posible consecuencia de esta falencia, resulta el hecho de que algunos periodistas opinan que la formación teórica queda subordinada a la práctica, que el discurso académico sin el trabajo empírico está totalmente desvinculado de la realidad y, por lo tanto, que la profesionalización del periodismo y el profesionalismo de los periodistas no se enseña en la carrera, sino que se establece a través del propio desempeño de los periodistas (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

Aun existiendo estas voces críticas, lo cierto es que la universidad aporta los elementos teóricos -filosofía, lógica, ética, derecho, economía, sociología, literatura, historia del arte, gramática, redacción, géneros periodísticos y otros conocimientos- (Marín Martínez, 2004) que atacan la exclusividad del empirismo periodístico y fundamenta las prácticas y quehaceres profesionales de los periodistas en sus organizaciones, agencias y redacciones mediáticas. Instituciones en las que, cada vez más, la voz y el papel regenerador de la profesión es avalado por la academia que, de igual modo, actúa como asesora y consultora de los profesionales de la comunicación; incluso, mucho más allá de los especializados en periodismo.

No obstante, a pesar de la evidencia del proceso de madurez en el que se encuentra la academia y la ciencia en el área de comunicación y periodismo en Cuba[11] y de que, además, se gradúa a profesionales cada vez mejor preparados desde el punto de vista teórico/crítico (Arencibia y López, 2016), se considera insuficiente el tiempo que se dedica al trabajo empírico cuando los estudiantes están en la universidad (Oller y col., 2017). De ahí que, según Zalba y Bustos (2001), las Facultades de Comunicación arrastran varios estigmas negativos entre los que se encuentra la disyunción entre teoría y práctica.

Esta brecha entre la academia y el mercado mediático se acentúa por dos motivos: En primer lugar, la preparación humanística de los futuros periodistas es muy completa, pero no lo es así su formación técnica y su especialización, requisitos indispensables en un mundo profesional cada vez más tecnologizado en el que, de acuerdo a Sosa García (2000), el profesional se ve en la necesidad de contar con un conocimiento técnico, con un ‘saber hacer’ (know how). El segundo, vinculado con esta falta de adaptación al entorno tecnológico y digital, la subvaloración de los nuevos formatos y géneros mediáticos, el actual rol de los ciudadanos cada vez más interactivo y asociado a la idea de “usuarios” y no a la de “receptores” y la inclusión de nuevos actores, tanto en la estructura mediática como en los procesos comunicativos (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

¿Está la clave de la credibilidad en el “periodismo digital”?

Aún hoy, uno de los fundamentos de la profesión periodística en Cuba es el consenso -o la búsqueda de este- a la hora de hablar de una ideología y unos principios comunes que rigen el pensamiento y la conducta de los periodistas. En este punto, se plantea la interrogante de cómo se construyen estos consensos en un gremio mediado por las nuevas tecnologías y la sociedad de la información donde la telefonía móvil e Internet, a pesar de las limitaciones y la aún baja penetración en Cuba, se adentra y afianza inexorablemente en el periodismo. La introducción progresiva de Internet y otras tecnologías de la información y la comunicación basadas en las telecomunicaciones y la informática está re-colocando paulatinamente este debate.

En la Isla, de acuerdo a Mayra Arevich (2018), presidenta ejecutiva de ETECSA, existen cuatro millones y medio de líneas móviles, 39% de densidad telefónica móvil, se cuenta con 505 puntos de navegación WIFI y 11980 accesos de Nauta hogar[12]; lo cual apuntalaría la progresiva constitución de un sistema mediático más plural debido a la emergencia de medios alejados de las estructuras institucionales -autodenominados “no oficiales”, “alternativos”, “privados”, “independientes”, entre otras acepciones poco claras- como Periodismo de Barrio, El Toque, El estornudo, OnCuba, Postdata, entre otros, y la consolidación del nuevo rol activo de la ciudadanía y el denominado periodismo ciudadano a través de las redes sociales y blogs.

Los cambios vertiginosos que vienen produciéndose en la sociedad cubana cuestionan el papel que desempeña el periodismo en la regeneración y reconstrucción de la credibilidad y la hegemonía de la ideología revolucionaria. De ahí surge la necesidad de que los sistemas mediáticos y de comunicación deban, en primer lugar, apropiarse de las herramientas que ofrecen las nuevas tecnologías para avanzar hacia modelos políticos y comunicativos más democráticos y participativos y, en segundo lugar, garantizar el aumento, o al menos la conservación, de la confianza y la credibilidad de los mismos ante un público que tiende a atomizarse y se muestra cada vez más “infiel” ante la diversidad de propuestas mediáticas (Gallego, 2016; Muñiz y Fonseca, 2017).

El sistema mediático y de comunicación pública de Cuba se enfrenta a la debilidad estructural y discursiva (Vidal, 2015) que está dañando su credibilidad y autoridad ante su público, en particular, y frente a la ciudadanía, en general. Una preocupante tendencia a la que debe buscársele una solución no solo, tal y como señala Sierra Gutiérrez (2005), a partir de un agregado de discursos o a través de la hegemonía de un solo paradigma sobre los demás; sino dando prioridad a las actividades que permiten, a distintos niveles, tanto en una relación intersubjetiva como en los procesos mediatizados o mediáticos, estar en relación con el otro.

El descenso de la credibilidad de los medios de comunicación públicos de Cuba es el resultado de la compleja crisis estructural que sufren los medios de comunicación, no solo a nivel nacional sino en todo el globo. Prueba de ello es que ciertos estudios demuestran que los usuarios de blogs atribuyen mayor credibilidad a estos que a los medios tradicionales (Johnson y Kaye, 2004) y que los periódicos independientes en línea son considerados más creíbles que la información política procedente de los medios convencionales (Kim y Johnson, 2009).

Esta situación deficitaria en Cuba no puede resolverse con simples intervenciones “curativas”. La crisis que enfrenta el periodismo y los medios de comunicación cubanos ofrece la oportunidad de llevar a cabo un cambio estructural y discursivo de la profesión gracias al apoyo de las nuevas tecnologías, pero también, la voluntad política en esta dirección (Garcés, 2018).

El principal reto que se presenta para el periodismo en Cuba es el desarrollo de un planteamiento de tecnificación y tecnologización asentado en la no dependencia tecnológica en la ejecución del trabajo, sino en la comprensión y la asimilación de la importancia de su uso; hasta el punto de llegar a engendrar una cultura tecnológica y de red en torno al periodismo cubano que le permita incrementar sus niveles de credibilidad con base en una relación más cercana, flexible y recíproca con los ciudadanos.

Puntos giratorios y discordantes del periodismo nacional

La pérdida de credibilidad del periodismo y los periodistas y la baja confianza en ellos no son las únicas causantes de la crisis estructural del sistema mediático cubano. A estos problemas hay que añadir la crisis económica de los medios y los bajos sueldos de los periodistas, puntos generadores de la demanda de un nuevo modelo de gestión económica mediático que incluya vías de financiación alternativas a las tradicionales como el uso de la publicidad; superando, de este modo, la dependencia absoluta del presupuesto del Estado. Una idea que surge del convencimiento, de acuerdo a Triana Cordoví (2012), de que consolidar el socialismo en Cuba solo es posible sobre la base de elevar sustancialmente la productividad y la eficiencia de la economía en su conjunto.

En este sentido, los periodistas otorgan a la competencia -no desde un sentido mercantilista y de lucro- y a la estimación de las audiencias la capacidad de fomentar prácticas profesionales más desafiantes y retadoras en términos de calidad informativa (Veliz, 2018). La importancia conferida a la búsqueda de audiencias se aleja de la concepción mercantilista de la profesión y de la exageración de las sensaciones y emociones en las informaciones o del fenómeno del “hiperrealismo” (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016); así como de las nociones de estudios de índole económica de los públicos y de competencia empresarial de los medios de comunicación. Muy al contrario, se relaciona directamente con una visión cívica de las mismas audiencias, en función de satisfacer sus intereses y necesidades, prevaleciendo en todo momento un periodismo de orientación cívica/popular y no elitista/mercantil.

No obstante, los medios de comunicación y los periodistas son conscientes que, aun intentando poner en prácticas este tipo de estrategias que les permitan satisfacer de forma más óptima las necesidades informativas y comunicativas de las audiencias, existe una carencia evidente de recursos materiales e, incluso, humanos, que les permitirían obtener esos indicadores. De ahí que, entre los retos del periodismo y los medios de comunicación cubanos en la actualidad se encuentre la obligación de ayudar a mejorar la precaria infraestructura pública de telecomunicaciones (Garcés, 2013, Elizalde, 2014, Vidal, 2015).

Entre tanto, la renovación de la institucionalidad mediática, la necesidad de aplicar prácticas modernas de gestión de los medios, que incorporen en su hechura a la innovación como un componente fundamental de desarrollo, se contabilizan entre los desafíos que mayor atención suscitó el más reciente congreso de la UPEC (Garcés, 2018).

De otra parte, el valor de los medios emergentes en el entorno digital, como piezas de un rompecabezas mediático de mayor diversidad, da cuenta de dos tensiones fundamentales que apunta en este propio libro el investigador Abel Somohano (2018): la necesidad de expresión de jóvenes formados como periodistas en la academia y la imposibilidad de la prensa institucionalizada del país de canalizar estas expresiones; y la comprensión del pertinente desarrollo de estos medios en las condiciones actuales de la Isla y las dificultades políticas, legales, materiales y culturales para su desempeño.

Luego, más allá de la discusión acerca de la legalización o supresión de los nuevos actores mediáticos, habría que añadir una tercera tensión que tiene raíces históricas (González, 2016), generada a partir de un segmento de estos medios con una clara orientación política (CiberCuba, 14ymedio, DiariodeCuba, entre otros), que normalmente está acompañada de resultados periodísticos de baja calidad y/o mecanismos de financiamiento que sustentan acuerdos políticos con poderes hegemónicos globales –incluido los Gobiernos de EE.UU.- abiertamente contrarios al sistema social cubano.

La regulación, ¿necesidad o aspiración profesional?

El Partido Comunista de Cuba (PCC) es la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado[13]. En la Conceptualización del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista y Plan nacional de desarrollo económico y social hasta 2030: propuesta de visión de la nación, ejes y sectores estratégicos se ratifica al PCC como el órgano que traza la política a partir de la cual se controla y evalúa la comunicación (PCC, 2016: 8). El modelo comunicativo y periodístico cubano está definido por su dirección partidista, lo cual se ha reflejado históricamente en un conjunto de documentos políticos que constituyen el marco de principios que guían el deber ser del trabajo mediático y periodístico[14].

Sin embargo, una notable contradicción es el divorcio generalizado entre la rutina y la práctica profesional cotidiana de los periodistas y lo que se plantea a nivel teórico en los diferentes espacios públicos, en la regulación y en las normas establecidas por el Gobierno a los medios de comunicación (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

La brecha entra las propuestas teórico/legislativas y la realidad empírica profesional de los periodistas cubanos queda patente en sus reclamos, que apuntan a los ideales profesionales del periodismo revolucionario. El periodista y crítico Rolando Pérez Betancourt lo sintetiza de este modo:

La prensa en nuestra sociedad ha tenido un gran problema, lo primero que hay que plantearse es qué cosa es una prensa revolucionaria, ¿es acaso aplaudir todas aquellas cosas que se hacen en eneficio de la Revolución? Pero, ¿también las que están equivocadas? Y aunque pienses que están equivocadas, ¿las sigues aplaudiendo? Creo que esa no es una prensa revolucionaria. Una prensa revolucionaria es una prensa participativa, no solamente de la gente que te está dirigiendo, sino también tú como un ser social que estás dentro de una sociedad (en Hernández, 2011; Argüelles, 2011).

Por su parte, Batista (2013: 102) en su tesis de grado sobre la pertinencia de un estatuto jurídico-legal para el ejercicio de la prensa en Cuba, plantea que en la postura generalizada de sus entrevistados:

Predomina la opinión de que la disfunción actual de esta relación entre la prensa y el Partido no está en la formulación de sus bases, establecidas en las Tesis y Resoluciones del Primer Congreso del PCC en 1975; sino en la aplicación de tales políticas partidistas, que en su concepción son de orientación ideológica y no de control estricto. Por lo cual podría asegurarse que, de alcanzarse el cumplimiento de tales indicaciones, sería posible transformar la actual relación verticalista en una que se base en el diálogo y la comunión de intereses.

En términos legales, el marco de garantías de la práctica periodística pasaría por la definición de los derechos de acceso a la información y a la comunicación, proceso que, a su vez, estaría llamado a desencadenar una crítica a su práctica universal y la re-conceptualización para el contexto nacional. A juicio de Olivera y Rodríguez-Brito (2017):

Por una parte, el derecho de acceso a la información, deberá lidiar con la resistencia de las autoridades públicas –y de empresarios- a incorporar la transparencia como componente medular de su gestión, la cultura política de los servidores públicos para rendir cuentas ante la ciudadanía y el compromiso ciudadano para cuestionar y exigir a sus representantes. Por otra, el derecho a la comunicación, deberá deslindar entre visiones contrapuestas: la comunicación como instrumento del sistema político o como ámbito de autorregulación social y participación ciudadana; los medios como sistema público y la aplicación, alcance y límite de fórmulas económicas de sostenibilidad como la publicidad; y finalmente, la visión de la denominada “plaza sitiada”, dado el conflicto y la agresión de EE.UU. hacia Cuba, en función de lo cual se cargan de opacidad un grupo significativo de procesos de gestión pública y/o se desafía la capacidad estratégica en materia de comunicación del gobierno, las organizaciones políticas y de masas, las empresas y el resto de los actores institucionales del país (75).

La llave maestra, la autorregulación

La crisis del modelo periodístico actual demanda redirigir los esfuerzos de gobierno, instituciones mediáticas y periodistas en función del afianzamiento de la autorregulación como paradigma y práctica profesional. Así lo suscribiría el profesor, periodista y académico cubano, Julio García Luis (2013), al señalar que si bien este modelo en el plano político permitió fraguar los grandes consensos que demandó el país frente a la agresividad e intrusismo de Gobiernos externos -especialmente el de Estados Unidos- en un momento histórico y decisivo para el afianzamiento de un tipo de sociedad socialista y el triunfo de la Revolución, también es cierto que trasladó prácticas que silenciaron la comisión de graves errores, y facilitó que estos se dilataran en el tiempo, haciendo más compleja y costosa la reversibilidad de sus consecuencias.

El singular carácter contextual de Cuba, dado por las circunstancias acontecidas durante los últimos sesenta años (a partir de la victoria de la Revolución el 1 de enero de 1959), ha permitido la generación de una cultura periodística cubana única y exclusiva, diferente a cualquier otro país del mundo (Oller, Olivera, Hernández, Argüelles, 2016).

Los profesionales de los medios destacan que la alta regulación externa procedente, siguiendo a García Luis (2004), del sistema político, el marco jurídico, el sistema económico, la cultura espiritual, material y simbólica de la sociedad, el complejo ciencia-tecnología, como campo particular de la cultura, las relaciones con las fuentes y entre los medios y la sociedad civil y la irradiación e impregnación de la ideología dominante incide de forma directa en el desarrollo de su actividad periodística dentro de las redacciones mediáticas.

La capacidad de autorregulación de los medios de comunicación cubanos parte de la separación justa y equitativa de las funciones del gobierno, el partido y los medios en relación a la comunicación pública. Diferenciar y transformar la relación de subordinación por otro tipo de relación basada en la lealtad y la responsabilidad profesional diferenciada, parecen las coordenadas más claras en este sentido. Cabe no olvidar que, aun conociendo las funciones políticas del periodismo, los periodistas cubanos se inclinan por un incremento de los niveles de autorregulación de la profesión con base en el aumento de la confianza en ellos mismos, la aplicación de los código de ética y deontológicos en las redacciones de los medios de comunicación del país y la aprobación y puesta en funcionamiento de instrumentos normativos y jurídicos como una Política y/o Ley de Prensa, Información o Comunicación capaces de fiscalizar la profesión (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

En esta línea, en el último Congreso de la UPEC (julio de 2018) se presentaron los aspectos fundamentales de una propuesta de Política de Comunicación en la cual se viene trabajando desde el año 2013. Sin embargo, como en este cónclave se reconoció, la política de comunicación no solucionará las “problemáticas info-comunicacionales de la sociedad cubana, como parte de su diseño e implementación se requerirá desde el punto de vista estructural la creación de un órgano de gobierno -probablemente un ministerio- encargado de atender este campo de la vida social, la elaboración de una marco legal integrador de las diferentes prácticas y modos de producción de comunicación pública, el diseño de estrategias multisectoriales  e interdisciplinares relativas a la imagen país, la inversión social en telecomunicaciones, la educación ciudadana para la comunicación, entre otras acciones” (Olivera, 2017).

El papel (21,6 cm × 35,6 cm)[15] del periodismo

Según Bourdieu (1993), los subcampos de la comunicación constituyen un espacio de juego históricamente constituido por sus instituciones específicas y sus leyes de funcionamiento propias. De ahí que el desarrollo de la jurisprudencia en este ámbito requiera de un ejercicio de inteligencia, transparencia y limpieza que implique la consulta, el consejo, el ase+soramiento y, finalmente, el consenso de todas las partes implicadas.

En esta línea, la búsqueda de un modelo comunicativo inclusivo y dialógico requiere recuperar lo mejor de las experiencias y prácticas periodísticas con que ha contado el país, elaborar y crear las condiciones para implementar un marco jurídico que regule la comunicación, impulsar modelos autónomos de dirección y gestión de los medios, desarrollar políticas sociales de acceso a la información pública, afianzar los procesos institucionales de profesionalización del campo del periodismo, así como fortalecer las condiciones editoriales y laborales que favorezcan la profesionalidad en la producción periodística y la generación de unas leyes y políticas de funcionamiento propias y endógenas.

Unas propuestas que abrirían las puertas de los medios de comunicación, tal y como destaca Somohano (2013: 148), a “la intervención constante de la ciudadanía en el diseño y evaluación del accionar cotidiano de la prensa” en detrimento de “una regulación institucional directa”. Ya que, pretender regular ese espacio de libertad únicamente mediante la ley o la intervención estatal resulta, en cierta medida, contradictorio (Aznar, 2011) respecto al propio proceso de avance de la auto-aceptación de las responsabilidades de los periodistas.

Una de las temáticas a tratar como parte fundamentales de la discusión crítica acerca de la generación de un marco jurídico, que atañe al campo de la comunicación y el periodismo en Cuba, alude al hecho de que todo intento de regulación externo al propio ejercicio profesional del periodista está obligado a: 1) ajustarse a las disímiles características de la sociedad cubana, trascendiendo su sistema político socialista, 2) ampliar el reconocimiento social de la profesión, el grado de organización gremial y su influencia y 3) ratificar la autonomía, los derechos y las obligaciones de los periodistas.

Esta compleja relación legislativa entre gobierno, medios de comunicación y periodistas tiene su germen en el ejercicio de madurez democrática al que hace mención Morcillo Herrera (1966: 658): “la libertad de prensa completa no existe en ninguna parte”. Además, teniendo en cuenta que el derecho, las normas y los códigos siguen al hecho, no debe obviarse que, tal y como establece Zlotogwiazda (1998)[16], la ley surge cuando una sociedad está más o menos de acuerdo en que se ponga en práctica y se genere cierto consenso sobre lo que ella determina. Unas propuestas que no son, para nada, novedosas o desconocidas en Cuba, ya que Vera Ménez (2011)[17] hizo referencia a este hecho hace ya casi una década: “Existe la libertad de prensa sustancialmente no por preceptos constitucionales o legales, sino debido a que el derecho del pueblo a la información es la base que fundamenta su expresión en las leyes y en el ejercicio cotidiano del periodismo con libertad”.

Consustancial a la aprobación, puesta en funcionamiento y consolidación de un marco jurídico/legislativo en comunicación y periodismo se sitúan, en primer lugar, la elaboración, autoasimilación y aceptación de unas normas éticas y códigos deontológicos internos a los propios medios de comunicación que afiancen y operacionalicen todos sus procesos de autorregulación; en segundo lugar, la oficialización de la función de veeduría ciudadana a través de la generación de programas, proyectos y contratos gestionados por los propios ciudadanos que les faculten para observar, inspeccionar y controlar las acciones de producción e información realizadas por los medios y las agencias de comunicación que les atañen, tanto a nivel individual como colectivo y, en tercer lugar, la creación de la figura del ombudsman o defensor del pueblo, una autoridad estatal encargada de garantizar los derechos de los ciudadanos y de interceder por ellos frente a los periodistas, los medios de comunicación y las propias organizaciones y miembros del Estado.

A pesar del aparente divorcio actual que rige la relación entre los códigos éticos y de conducta de los periodistas y los medios de comunicación, las disímiles proposiciones legales procedentes de los organismos gubernamentales que regulan la práctica periodística de manera directa o indirecta y las diversas agrupaciones y organismos ciudadanos, según Oller, Olivera, Hernández y Argüelles (2016: 108),

resulta incuestionable que la adopción de códigos de ética y la suscripción de leyes o normas de prensa constituyen hechos profesionales trascendentes que le otorgan legitimidad a la práctica profesional del periodismo. Más aún, cuando esta es una práctica a través de la cual los poderes políticos y económicos se reproducen o transforman, con una alta incidencia en el espacio público, esencial para la gobernabilidad y el consumo. Claro que, una vez dictados los códigos y las leyes -y asumido un consenso al respecto-, el reto comienza en el proceso de implementación, en el que intervienen los mecanismos de control procedente de las diferentes agencias profesionales, fundamentalmente las asociaciones.

Renovación de las funciones periodísticas

La distorsión de las funciones de contrapeso y equilibrio de los medios de comunicación cubanos -que ha ido produciéndose a la par de otras estructuras de confrontación democrática del país- está entre las causantes de ciertos males que hoy arrastra el periodismo cubano como el voluntarismo político o la apología, que limitan las funciones del propio sistema político (Valdés, 2009).

En los medios de comunicación del sistema institucional de propiedad estatal y social, los periodistas asumen con mayor fuerza el rol leal-facilitador (Olivera y Torres, 2017), pues estos se subordinan a las estructuras del Estado, el gobierno y las organizaciones políticas, conservando varios de los rasgos del modelo soviético de prensa y propaganda (García Luis, 2013; Veliz, 2018). Aun así, caeríamos en un error si partimos de este paradigma como punto de salida en el análisis del periodismo cubano, pues la relación compleja de los periodistas con el resto de actores involucrados en el proceso comunicativo/informativo trasciende a los medios de comunicación y no se produce de forma maniquea, sino que depende de un conjunto de factores de diversa naturaleza, entre ellos el respeto profesional establecido y ganado por cada uno de estos actores.

A pesar de que el rol difusor es la función más prominente entre los periodistas cubanos (Olivera y Torres, 2017), en el caso de determinados medios -como los provinciales- queda reflejado de forma patente, y con mayor notoriedad, el rol cívico. Los periodistas en los medios de provincia se muestran más cercanos a su público, y a la ciudadanía en general, dando respuesta a las demandas sociales más específicas (Febles García, 2015).

De igual modo, disponer de una menor distancia entre las instancias y los organismos de los gobiernos locales y provinciales y los medios de comunicación permite a los periodistas de provincia ejercer un rol más intervencionista asociado al de perro guardián; que no de adversario. Esta última acotación se realiza con una intencionalidad clara, ya que los periodistas cubanos -ya sean provincianos o capitalinos- no plantean una actitud abiertamente contraria a las organizaciones rectoras y fiscalizadoras de los medios, sino de “inspección” y “verificación” asociada a un ejercicio constructivo y la posibilidad de incentivar una discusión y un discurso mediático propio.

El alto grado de implicación y apego a la noticia de los periodistas cubanos no conlleva un ejercicio profesional sustentado en el rol intervencionista y/o abogado, sino de ratificación de los intereses de las audiencias -ciudadanos- en un intento de dar respuesta a sus demandas a través del diálogo abierto (Oller, Olivera, Hernández y Argüelles, 2016).

La relación de los periodistas con las fuentes informativas es uno de las principales cuestiones con la que deben pugnar en su rutina diaria. Estos, según los medios de comunicación donde desarrollan su trabajo, atienden determinados sectores noticiosos y áreas informativas y emplean métodos de trabajo que se manifiestan en el vínculo con sus fuentes -institucionales, políticas y ciudadanas, fundamentalmente-.

A pesar de que la mayor parte de los periodistas definen estas relaciones como cordiales, sin dejar de ser cautelosas (Veliz, 2018), se basan en un nexo concomitante de interés bidireccional entre los actores. Además, esta dependencia mutua varía con base, en primer lugar, al tipo, propiedad y rango del medio de comunicación y, en segundo lugar, al cargo jerárquico del periodista en la redacción del medio en el que trabaja.

A modo de conclusiones: la puerta entreabierta que comunica el pasado y el futuro del periodismo cubano

A pesar de que la tradición periodística socialista y revolucionaria se ha ido sedimentando desde el triunfo de la Revolución en la vocación de servicio de los periodistas, heredada de propuestos filosóficos como los de Varela[18] y Martí[19], los puntos críticos del periodismo cubano se han ido acentuando con el paso de los años.

Varela, al abordar la función y el alcance del periodismo, declaró que “yo renuncio al placer de ser aplaudido por la satisfacción de ser útil a la patria”. Martí, que aportó un valiosísimo legado literario, patriótico, político y periodístico a Cuba, se adelantó a su tiempo al afirmar que el periodismo debía ser el “can guardador” de la patria: “El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público” (en Agramonte, 1991: 555).

Este legado que no ha evitado un tipo de periodismo basado en la apología, la invisibilización de prácticas cotidianas y grupos sociales y, con ello, la tergiversación de un modelo de prensa socialista propio. Hay varias razones para considerar la inviabilidad de continuar con el modelo de “periodismo de reafirmación” prevaleciente hasta hoy día y la necesidad de dirigirse hacia un “periodismo de confrontación” de las mejores ideas revolucionarias: la naturaleza práctica y política de la profesión; el consenso de los actores profesionales y políticos (incluidas varias generaciones de periodistas) respecto a la inviabilidad del modelo prevaleciente y, no menos importante, los incipientes pero transcendentales cambios tecnológicos -que son también culturales-.

Algunos de los principales retos al que se enfrenta el periodista es el de intentar hacer periodismo para jóvenes y adolescentes duramente golpeados por los años de crisis del “Período especial”[20] en el que creció la enajenación, el desinterés político, la desconexión de las instituciones, la desorganización de grupos y espacios alternativos, etcétera (IV Encuesta Nacional de Juventud, 2011). También, no menor resulta el proceso de actualización del modelo económico como un primer paso hacia graduales transformaciones, sobre las cuales corresponde a los periodistas -y al periodismo- la responsabilidad histórica de contribuir a crear los necesarios consensos -políticos, económicos, sociales, académicos, mediáticos, tecnológicos y profesionales- y procesos de vigilancia y control que eviten la distorsión de las nuevas propuestas.

La evaluación de la situación actual del periodismo en Cuba, y las necesidades que se están generando, ponen en la palestra uno de las pruebas de fuego a las que se enfrenta la Revolución: la desaparición física de la generación y el liderazgo histórico del país y la construcción de un gobierno nuevo, que tendrá límites en el ejercicio de sus cargos.

Además, los medios de comunicación cubanos pierden gradual, pero inexorablemente, el monopolio de las influencias sobre la opinión pública y, en este reajuste, el periodismo debe construir un camino expedito que apoye el debate cívico.

Las consideraciones anteriores ponen sobre el tapete del juego político cubano actual la necesidad de conciliar el concepto de Partido único y políticas socialistas con el de soberanía popular, algo que requiere de un modelo de comunicación y periodismo ajustado a las necesidades del país. Más si cabe en un momento crítico para la región Latinoamericana, en el que el auge de la derecha ideológica y las políticas económicas neoliberales vuelven a repuntar.

Existen comunes denominadores para catalogar a los periodistas y sus prácticas profesionales, pero, sobre todo, profundas diferenciaciones dentro del periodismo cubano. En este capítulo se asumió como principal objetivo analizar la cultura periodística de Cuba por ser un término lo suficientemente incluyente como para ser capaz de integrar los diversos discursos -académicos, políticos, mediáticos y sociales- sobre conceptos como: profesionalidad, objetividad, roles periodísticos, normas éticas, autonomía, confianza, regulación, legislación, entre muchos otros, dentro de la propia institucionalidad del periodismo. Al respecto, y consumiendo las últimas líneas de esta propuesta, indicar que el punto clave de la cultura periodística cubana recae sobre la asunción de una actitud abierta a la reformulación y reconstitución constante dentro del propio proceso de cambio, renegociación y redefinición del país.

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[1] Ley Orgánica de Comunicación (LOC, 2013) en Ecuador; Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (2009) en Argentina; Ley Orgánica de Telecomunicaciones (2000) en Venezuela; Ley de Medios Comunitarios (2008), Regulación de la radio y la Televisión Abierta Comunitaria (2002), Ley se Servicios de Comunicación Audiovisual (2014) en Uruguay y Ley General de Telecomunicaciones (2011) en Bolivia.

[2] En este modelo –igualmente superado en la teoría-, como constataron Siebert, Peterson y Schram (1954), los medios de comunicación debían: 1) servir a los intereses de la clase obrera; no podían ser de propiedad privada; 2) cumplir funciones positivas para la sociedad mediante la socialización, la educación, la motivación, la información y la movilización; 3) ofrecer una visión objetiva y completa de la sociedad bajo los principios marxistas-leninistas y 4) brindar apoyo a los movimientos progresistas en el interior y en el exterior. De igual modo, los periodistas tenían como objetivos e ideales primigenios coincidir con los principales intereses de la sociedad.

[3] Intervención del periodista y profesor Julio García Luis en el VI Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre, Cienfuegos (Cuba), noviembre de 2011. Recuperado 25/05/2017: http://www.cubadebate.cu/opinion/2012/01/23/julio-garcia-luis-el-discurso-de-los-periodistas-en-cuba-hoy/#.VWOLH7l_Oko

[4] Se producen ciertos hechos: 1) la fundación de la Facultad de Periodismo en 1984 y posteriormente la de Comunicación en 1993; 2) la desaparición de la etiqueta conceptual de la carrera para posterior reabrirse en el año 2000; 3) la elaboración e implementación de cinco generaciones de planes de estudio (A, B, C, D y E) y 4) la ampliación y particulares cierres de los centros universitarios de formación (Universidad de Oriente, Universidad Central de Las Villas, Universidad de Camagüey, Universidad de Holguín, Universidad de Matanzas y Universidad de Pinar del Río).

[5] Se llevan a cabo 1) la creación del Instituto Internacional de Periodismo (cerrado entre 1990 y 1997); 2) la creación de la Maestría en Ciencias de la Comunicación (1994, primera edición en Cuba 1999) y 3) la puesta en marcha de múltiples cursos de superación y reorientación para periodistas desde el casi surgimiento de la UPEC.

[6] Ampliaciones: década del 80 y del 2000. Cierres: década del 90.

[7] La apertura más notable coincide con los años 1986 a 1989, periodo que se desarrolló por parte de la dirección del país la política denominada como Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, la cual se detuvo en lo fundamental, por factores externos derivados de la caída del campo socialista.

En general, los diferentes documentos que han regulado en el plano político la actividad periodística han abogado, a modo de ejemplo, por la independencia editorial de los directivos de los medios, sin embargo, en la práctica no ha ocurrido de este modo (Franco, 2016).

[8] Un ejemplo notable al respecto es la TV Martí fundada el 27 de marzo de 1990 y Radio Martí, el 20 de mayo de 1985, ambas figuran como medios oficiales del Gobierno de los Estados Unidos, operados en la actualidad por la Oficina de Transmisiones hacia Cuba, con sus siglas en inglés OCB.

[9] Constitución socialista (1975), Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas (1986), Modificaciones Constitucionales (1993), Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución (2011), y actual proceso constituyente.

[10] Auspiciada por el CNP, abrió sus puertas en octubre de 1943, con Lisandro Otero como decano.

[11] El viernes 16 de marzo de 2018, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, se dieron a conocer los resultados de la investigación más relevantes de la universidad de La Habana en el año 2017. Resultó galardonado el proyecto Campo de la comunicación social en Cuba, coordinado por la Dr. Hilda Saladrigas, tanto con el Premio de la Academia de Ciencias de Cuba como el de la Casa de Altos Estudios de la propia universidad.

[12] Entrevista realizada a Mayra Arevich el 3 de enero de 2018 en El Adversario: https://eladversariocubano.net/2018/01/03/internet-en-cuba-2018-entrevista-exclusiva-con-la-presidenta-de-etecsa/ [recuperado 23/7/18].

[13] Constitución de la República de Cuba (1975).

[14] 1) Tesis y Resolución sobre los Medios de difusión masiva (I Congreso PCC, 1975). 2) Resolución “Sobre el fortalecimiento del ejercicio de la crítica en los medios de difusión masiva” (IX Pleno del Comité Central del PCC, 28 de noviembre de 1979). 3) Resolución sobre la Lucha Ideológica (II Congreso PCC, 1980). Resolución sobre los Medios de difusión masiva (II Congreso PCC, 1980). 4) Orientaciones del Buró Político para elevar la eficiencia informativa de los órganos de difusión masiva del país (PCC, 1984). 5) Orientaciones del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba para incrementar la eficacia informativa de los medios de comunicación masiva del país (PCC, 2007).

[15] Legal

[16] Periodista argentino de la revista XXI, durante el Primer Congreso Mundial de la Comunicación convocado en 1998 por la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA).

[17] Fundador de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y su presidente desde 1966 hasta 1986.

[18] Félix Varela y Morales nació en La Habana (Cuba) el 20 de noviembre de 1788 y murió en San Agustín, Florida (Estados Unidos) el 25 de febrero de 1853. Conocido también como el Padre Varela, fue sacerdote, maestro, escritor, filósofo y político. Además, es considerado como uno de los precursores de la patria cubana.

[19] José Julián Martí Pérez nació en La Habana (Cuba) el 28 de enero de 1853 y murió en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895. Martí fue un político republicano democrático, periodista, escritor, pensador, filósofo y poeta creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la “Guerra del 95” o “Guerra Necesaria”.

[20] El período especial en tiempos de paz en Cuba fue un largo período de crisis económica que comenzó como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y, por extensión, del CAME; así como por el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992 (Bell Lara, 1999).

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